Todos los domingos, durante dos horas, hago voluntariado con un grupo de amigas acompañando a niños con distinto grado de discapacidad (síndrome de Down, autismo…) a jugar al baloncesto. Pero no se trata solo de que hagan deporte o de que sus padres descansen. Se trata de estar presentes: mirarles con atención, reírte con ellos, ayudarles si se caen y celebrar su primera canasta como si fuera la final de un campeonato.
Esta experiencia me ha hecho preguntarme muchas veces qué es lo que realmente hace valioso a un ser humano y qué significa vivir bien.
Cada domingo descubro que la felicidad no está en lo más grande, sino en lo pequeño. En conseguir que Luis, después de varios días intentándolo, bote la pelota por primera vez contando “uno, dos… ¡y tres!”. En la sonrisa de un niño que apenas habla, pero que te coge la mano hasta la puerta. En una canasta celebrada como si fuera la más importante del mundo.
He aprendido que la dignidad no depende de lo que uno sabe hacer o decir, sino de quién es. Y que cuando cuidas esos pequeños detalles, no solo estás cuidando al otro, también estás creciendo tú.

Recuerdo también una cena que organizamos para celebrar los logros del equipo. Éramos unas 40 personas y un desconocido decidió pagar casi 300 euros solo porque vio nuestra alegría. Uno de los niños preguntó enseguida: “¿Dónde está el señor que nos pagó la cena? ¿No podemos darle las gracias?”. Ese gesto nos enseñó que el bien se contagia.
El año pasado me dieron un certificado de 89 horas de voluntariado, pero esas horas son solo un número. Lo que de verdad cuenta es todo lo que ellos me han enseñado: la gratitud, la paciencia, la alegría por las cosas pequeñas.
Creo que el ser humano está hecho para hacer el bien y encontrar ahí la felicidad. Y para eso no hace falta irse muy lejos. A veces solo hace falta un balón, una sonrisa y un niño que, sin saberlo, te enseñe lo que realmente importa.
Cuando cuidas al otro, también estás creciendo tú.”
Albedro
Asociación Familiar y Cultural